Lo que antes era un argumento diferenciador, ahora está empezando a funcionar como un filtro estratégico en las conversaciones comerciales. Los importadores, distribuidores, cadenas minoristas y profesionales de la coctelería están incorporando la ausencia de azúcares añadidos, colorantes y aromatizantes como indicador de calidad y confianza en el origen del producto.
Este cambio no es solo perceptivo. En las negociaciones y revisiones de carteras, se plantean preguntas cada vez más específicas sobre la trazabilidad, los análisis independientes y las políticas de etiquetado. La transparencia ya no es un mensaje aspiracional, sino un requisito evaluable.
Para las destilerías y embotelladoras, el contexto exige una revisión de las formulaciones y las prácticas de «redondeo del sabor» para alinearse no solo con la normativa, sino también con las expectativas de transparencia verificable. Al mismo tiempo, los operadores a granel y los proyectos de marcas blancas están encontrando una clara oportunidad: las carteras con especificaciones técnicas claras y bien documentadas están ganando terreno en las licitaciones y los acuerdos a medio y largo plazo.
El resultado es una categoría más responsable, en la que la integridad del líquido comienza a definir la relevancia comercial. Quienes se anticipen a esta transformación con procesos claros y comunicables estarán en mejor posición para captar valor en mercados cada vez más exigentes.
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